Category Archives: Crítica Literaria

La mujer justa

LA MUJER JUSTA
SANDOR MARAI
SALAMANDRA EDICIONES
BARCELONA, 2005. 415pp
Sándor Márai es un autor húngaro que comienza ahora a ser reconocido en España a raíz de la traducción al castellano de sus novelas, y que durante muchos años estuvo vetado en su país por haberse exiliado voluntariamente y mostrarse así contrario a la ocupación soviética. Escritor de extensos monólogos y exquisitos párrafos que merecerían ser encuadrados en lo mejor de la literatura contemporánea, sus palabras destilan tanta sabiduría que parece que el escritor disfrutara de varias vidas seguidas y utilizara la última para adoctrinar al mundo con lo aprendido de forma empírica. En su periodo más fértil -el comprendido entre 1928 y 1948- escribió sus novelas más importantes: “El último encuentro”, “Música en Florencia”, “La herencia de Eszter”, “A la luz de los candelabros”, “Divorcio en Buda” y “La amante de Bolzano”, este último, con Casanova como protagonista.
Casi toda su obra habla de la disolución de la clase media húngara en tiempo de entreguerras. Clase que conocía muy bien por pertenecer a ella y haber pasado muchos años observando su comportamiento. Como él mismo dijo: “Tal vez la única obligación de mi vida y de mi trabajo como escritor sea elaborar el proceso de esa desintegración”.
En “La mujer justa” nos cuenta la historia de un triángulo amoroso difuminado por el largo pasar de los años, entre un burgués húngaro, su mujer y la doncella del primero. Redactada como tres interesantes monólogos de cada uno de los personajes, nos enseña que la verdad es siempre relativa según el prisma empleado y que la verdad absoluta sólo la podrá intuir el lector al finalizar todos los testimonios de los implicados en el lance amoroso. Las voces irán mostrando el porqué de su comportamiento y nos aleccionará en que cada persona se compone de sus circunstancias, su pasado y sus miedos, y que todos actuamos bajo determinados intereses aún sin ser conscientes de ellos. Márai se mete en la piel de cada personaje y le hace escupir hasta la última de las palabras que lleva dentro. Leyéndolo, te olvidas de que es un hombre el que nos habla, al manejar de forma magistral la voz femenina. Es más, consigue que cada uno de los monólogos parezca que lo hayan escrito tres autores diferentes con cadencias y vocabulario totalmente distintos. Efecto que quizá consiguiera al espaciar en el tiempo el alumbramiento de las tres partes. Digno de mencionar es el inquietante personaje del escritor atormentado, amigo del marido que, sin dotarlo en ningún momento de voz propia, está omnipresente de una forma u otra a lo largo de toda la novela y que bien podría ser un reflejo del propio autor.
Sándor Márai se suicidó de un disparo en 1989 en su exilio de California cuando se vio obligado a tener que depender de otras personas para su cuidado. Hasta en la forma de morir nos intentó dar una lección.

(Publicado hoy en la edición impresa de La Opinión de Granada)
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Blanco, varón, europeo y muerto


Javier Marías en su artículo del domingo de El País habla de la aversión de algunos departamentos de literatura de universidades de Estados Unidos –no podía ser de otra manera- que fomenta el odio contra los escritores “blancos, varones, europeos y muertos” en beneficio de los escritores locales vivos, llevando al extremo de obviar en sus planes de estudio a Cervantes, Shakespeare, Flaubert y Dickens entre otros que, de forma inoportuna, cumplen con la premisa. Es lógico que ocurra esto en un país que atesora una historia de apenas dos siglos. Claro que si es por tiempo, ganamos nosotros los europeos y precisamente eso es lo que se necesita para que surjan creadores –y ahora ya estoy hablando de cualquier ámbito-. Así que sólo tienen que esperar un par de siglos más para recoger la siembra del esfuerzo de los suyos.
Aún así propongo un ejercicio de humildad que consistirá en ponernos en su piel. Odiemos pues a Truffaut con su “Noche americana” y a Baudelaire con sus “Flores del mal”, odiemos también a Shakespeare y a sus sonetos –me siento incapaz de odiar su teatro- y a Galdós con sus “Episodios nacionales”. Y ya que estamos en racha odiemos también a un escritor típicamente americano: Poe -¿Alguien me puede decir como se odia a Poe?-
¿Ya? ¿Lo habéis conseguido? Yo tampoco. Y es que para crear algo, para escribir, esculpir, pintar, filmar, componer,… hace falta conocer todo lo anterior, para amarlo o para odiarlo, o simplemente para saber lo que no se quiere hacer. Un creador que no se haya formado en el arte que intenta desarrollar, parte con una desventaja abismal de uno que sí que lo haya hecho. No faltará aquel que intente defender la idea de la frescura y la originalidad pero ¡ay amigos! Siento comunicaros que desde Shakespeare ya no hay nada nuevo de lo que hablar y que difícil será que lo hagamos mejor que él.

Los demonios del lugar

LOS DEMONIOS DEL LUGAR
ÁNGEL OLGOSO
ALMUZARA
CORDOBA, 2007. 190pp

La primera vez que escuché el nombre de Ángel Olgoso fue en abril del año pasado. Parapetado tras otras autoridades en el jurado de la Feria del Libro de Granada, me llamó la atención su perfil de ducho microcuentista. Hacía apenas cinco meses que yo había aterrizado en la ciudad y desconocía la fauna local de escritores. No dudé en buscar información en esa vieja cotilla que es Internet. Me asombró la cantidad de páginas que me hablaron a sus espaldas. Encontré un libro de microrrelatos titulado ‘El vuelo del pájaro elefante’ (Cuadernos del Vigía). Tras leerlo y perder el habla durante dos días, caí sin remedio en su séquito de admiradores, imitadores y por qué no decirlo, de ‘envidiosos’.
Comencé entonces una campaña pro Olgoso entre mis conocidos, como el que descubre un nuevo talento y le urge la necesidad de contarlo antes de que la evidencia de la calidad lo haga visible al resto de mortales. En ello estaba, cuando en la lluviosa e inolvidable tarde del dos de noviembre del año pasado, acudí a la Casa de la Cultura de Maracena donde se fallaba el primer Certamen del Premio internacional de terror Villa de Maracena. Tras las fanfarrias preceptivas, anunciaron en voz alta al ganador: Ángel Olgoso. Como si hubieran mencionado mi nombre, salté de la silla. No es broma. La teoría compartida de que Granada está siendo testigo mudo de algo realmente importante empezaba a tomar fuerza.
Al poco, un escritor asiduo a las tertulias me invitó a participar en una, de la que hablaba maravillas. Cuando me dijo que Olgoso asistía, lo perseguí hasta el aburrimiento para que me llevara en calidad de invitado. Tanto insistí, que pasó de intentar convencerme a mostrarse cauto ante mi recién estrenado entusiasmo.
Al fin lo conocí. Me presentaron como el fan fatal que anhela un trozo de su ídolo. Él, correctísimo -como es siempre-, se limitó a darme la mano y a mostrarse escéptico ante la pasión que yo mostraba. Incluso diría que le asusté, pues se sentó en la otra punta de la infinita mesa. Conseguido el objetivo de conocerle en persona, aparqué un tiempo mi particular persecución y me centré de nuevo en mis escritos, pero una vez más el destino llamó a la puerta en forma de correo electrónico. El veinticinco de enero del ya presente año se me invitaba al acto de Aproximación Imposible a la Patafísica a cargo del festejado escritor, donde se constituía el Colegio Patafísico de Granada —aka Institutum Pataphysicum Granatensis— en un acto tan surrealista como divertido —no faltó quien se presentara con sombrero de copa y loro al hombro. Me enteré entonces de que Ángel era el rector de tal jarca literaria adoradora de Vian y compañía. Pleitesía total.
Por supuesto pedí incorporación inmediata —cosa que nunca se me ocurrió hacer con la mili— y el catorce de febrero logré entrar en tan distinguido grupo. En menos de un año había pasado de ignorar su existencia a formar parte del proyecto que estoy seguro, más cariño y horas ha dedicado.
He querido hablar de todo esto antes de presentar el libro que acaba de publicar, porque creo que la exquisita personalidad de Ángel Olgoso acompaña sin duda a su obra. De ella se nutren sus líneas y de ella el lector bebe sin remedio para acabarse enganchando a ese estilo tan particular que te vapulea sin compasión en cada punto final.
Los demonios del lugar (Almuzara, 2007) es una recopilación de cuarenta y nueve microrrelatos que no dejan indiferentes. Amparados en el rasgo común de lo tétrico, lo fantástico y sobre todo, de lo inquietante. Cada uno de ellos merecería un libro aparte para estudiarlo, disertarlo y analizar todas las acepciones e impresiones causadas al lector. Al conjunto de todos estos libros debería acompañarle también un atlas donde situar cada una de las acciones, pues el autor se pasea sin prejuicios de una punta a otra del planeta utilizando un vocabulario tan rico y preciso que en apenas una frase te sitúa de lleno en el Japón feudal de señores inflexibles, en el desierto mexicano donde la muerte se viste de buitre o en la Praga de Kafka con el que mantiene conexiones evidentes.
Salvador Alonso, en la contraportada le compara con Borges y Cortázar. No es ninguna locura, de hecho me ha robado la brillantez de tal afirmación. Por lo que me obliga a ir más allá con otra más contundente. Alguien ha de hacerla para inaugurar el tiempo de revancha: Olgoso abre la puerta a una nueva generación de escritores en lengua castellana a este lado del Atlántico, comparables a la talla de los más grandes —Alonso piensa en Borges y Cortázar; yo, cual partida de póquer, lo respaldo con Onetti, Monterroso y el mismísimo Rulfo—. La apuesta está sobre la mesa.

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Crítica de Fernando de Villena en el Ideal

Los duelistas

LOS DUELISTAS
JOSEPH CONRAD
AKAL
MADRID, 2006. 217pp
Siempre que sale a relucir Conrad en una conversación, es inevitable que alguien pronuncie en voz alta ‘El corazón de la tinieblas’ y a continuación el avispado de turno hable de ‘Apocalipsis Now’ y de la bajada a los infiernos, derivando la conversación hacia el terreno del cine para olvidarnos una vez más del resto de la obra de este genial escritor.
Si indagamos un poco en su vida podremos comprender por qué muchas de sus novelas transcurren a bordo de barcos. Polaco de origen y posteriormente nacionalizado inglés, dejó la comodidad de una educación estricta impartida por su tío para enrolarse en una tripulación mercante francesa que recorrería gran parte del mundo, convirtiéndole en un hombre que se dedicó primero a vivir y más tarde a volcar sus vivencias en el papel. Esas mismas vivencias que guardan bastantes similitudes con las de su coetáneo Rimbaud, que como él se vio envuelto en el tráfico de armas y mientras que el primero establece el inicio de su vida errante en el puerto de Marsella, el otro –el poeta francés-, fija allí mismo el fin de sus días.
La afición tardía a la escritura toma forma en su primera novela publicada en 1895 y escrita a los 38 años, titulada ‘La locura de Almayer’. Se le considera, junto a Henry James, precursor del modernismo aunque hay quien lo cataloga dentro del simbolismo y el impresionismo literario.
‘Los duelistas’ –conocida también por ‘El duelo’- es una novela corta escrita en 1908 que habla de la obstinación de dos tenientes de húsares del ejercito napoleónico por batirse en duelo una y otra vez durante quince años -en los que sus vidas transcurren de forma paralela-, por un motivo insignificante que a lo largo del texto se llega a olvidar, dando paso a una lucha eterna entre dos personalidades complementarias que se necesitan, se buscan y hasta se ayudan, y que aunque no lo saben, no luchan tanto por un fin sino como por un transcurso, un juego peligroso que los mantiene vivos a través de las distintas campañas napoleónicas, representado en los personajes compulsivos y paranoicos que tan bien supo manejar Conrad en sus páginas.
Y si de obras menores y poco conocidas estamos hablando, decir que en 1977 Ridley Scott llevó al cine esta novela –por la sencilla razón de que no tenía que pagar derechos de autor-, en la que fue su primera incursión en la gran pantalla, justo antes de rodar la mítica ‘Alien’, alumbrando una película con una de las fotografías más bellas y contundentes que ha dado la historia del cine, donde conjuga la luz clara de Francia y la sombría de Inglaterra, junto con filtros especiales, para acompañar de la mano a los estados de ánimo de los protagonistas, con constantes guiños a paisajes románticos que podrían haber sido diseñados por el mismísimo Friedrich.

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Nuestro hombre en La Habana

NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA
GRAHAM GREENE
ALIANZA
MADRID, 2002. 276pp
La obra de Graham Greene ha sido catalogada tradicionalmente en dos grandes vertientes: la literaria y la del entretenimiento. Por la primera –siempre con temas entorno a su fe cristiana- estuvo a punto de recibir el Nobel en 1974 mientras que por la segunda -que jugó en su contra para conseguir en ansiado galardón- le conocemos la mayoría de sus seguidores.
Prolífico autor británico que estudió en su infancia en internados a los que no se adaptó, intentando suicidarse en varias ocasiones jugando a la ruleta rusa, comenzó su obra literaria en 1925 con su único libro de poemas. No fue hasta cuatro años después, a raíz de la publicación de su primera novela ‘Historia de una cobardía’, que pudo dejar de trabajar como periodista en ‘The Times’ para dedicarse de lleno a la ficción, aunque las dos siguientes novelas fueron un fracaso total de las que renegó y nunca más fueron reeditadas. En la década de los 40 fue reclutado por el servicio de inteligencia británico y sus historias de espías comenzaron a tomar consistencia a través de unos personajes con una profundidad no vista hasta entonces en el género.
‘Nuestro hombre en La Habana’ es de todos sus libros de intriga el más divertido. Lo podríamos considerar como la ópera bufa que se ríe del resto de su obra practicando un destilado humor inglés. Situada en la Cuba pre-revolucionaria del dictador Batista, Jim Wormold, un sencillo vendedor de aspiradoras abandonado por su mujer, es requerido por el MI6 que intenta restablecer su red de espionaje en el Caribe. Forzado por los caros caprichos de su hija adolescente no tiene más remedio que aceptar. A las primeras nóminas le acompañan las primeras exigencias de información. El vendedor, desbordado por las deudas, comienza a crear una red ficticia de espías a sueldo con el ánimo de enriquecerse. Ante la presión de Londres por falta de avances, decide comenzar a enviar planos dibujados por él mismo de sus aspiradoras alegando que es un arma nueva que el gobierno cubano está desarrollando. La trama se complica cuando envían desde la central una secretaría para que le ayude a sacar fotos de los artefactos. Un espía alemán que hace de amigo y el capitán de la policía cubana enamorado de la hija del protagonista que sigue de cerca su extraño comportamiento, vienen a aderezar aún más el argumento.
Las obras de Greene fueron trasladadas habitualmente al cine. En concreto, Carol Reed dirigió la versión cinematográfica de esta novela en 1959 –además de ‘El tercer hombre’ diez años antes, donde Welles también participó en el guión- con un Alec Guinnes bordado en el papel de Wormold y Burl Ives en el del Dr. Hasselbacher y la inolvidable escena de la partida de damas, con botellas en miniatura de Bourbon y Scotch, entre el policía cubano y el protagonista jugándose la mano de su hija.

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El mago

EL MAGO
JOHN FOWLES
ANAGRAMA
BARCELONA, 2001. 570pp
Hace años asistí a un curso de novela impartido por el escritor exiliado cubano Rolando Sánchez Mejías en el que todos los alumnos desfilamos por la pizarra para explicar esquemáticamente la idea principal que pretendíamos abordar. Cuando llegó mi turno, dudé un momento antes de exponer un argumento poco madurado que me rondaba hacía tiempo y que viene a resumirse en unos escritores encerrados en una mansión donde se retan a escribir la mejor ficción y se la dan a probar entre ellos a través de alguna suerte de magia, convirtiéndose así en personajes y jueces al mismo tiempo. Cuando acabé mi explicación degusté el silencio que había causado y pensé que los había dejado sin palabras. El profesor, dispuesto a no perder más tiempo conmigo, se limitó a preguntarme: ¿Has leído ‘El Mago’ de John Fowles?
Entendí –aunque más tarde descubrí que sólo se le aproximaba- que esa idea ya había sido desarrollada y venía a confirmar la teoría –respaldada hace poco por Luis Alberto de Cuenca- que desde Shakespeare no se ha escrito nada nuevo. Dicho por su propio autor, ‘El Mago’ es una novela que recuerda a ‘La tempestad’, a ‘La Odisea’ de Homero y a ‘Grandes esperanzas’ de Dickens, además de una largo etcétera decretado por sus seguidores.
Anécdotas aparte, hace poco me dispuse a leerla con buena predisposición, pero a medida que adelantaba en la trama, la empatía inicial se iba difuminando entre la admiración y el reconocimiento de lo bien escrito.
John Fowles, escritor y ensayista británico que se dedicó en sus inicios a la docencia, trabajó en la década de los 50 en un colegio inglés en la isla griega de Spetsai donde comenzó a gestar lo que hoy se reconoce –sobre todo en Estados Unidos- como su obra de culto. Autor, entre otras novelas, de ‘La mujer del teniente francés’, decidió dejar las aulas a raíz del éxito comercial en 1960 de ‘El coleccionista’, de la que dispuso de un primer borrador en tan sólo cuatro semanas mientas que para ‘El Mago’ tardó diez años en tener un texto publicable que todavía revisó en una edición posterior doce años después.
Si cada autor tiene una obra maldita, ésta es sin duda la de Fowles. Esa que se le atraganta al escritor y que se niega a abandonarle, que le despierta y atormenta una y otra vez exigiendo una nueva corrección. ‘El mago’ no es una novela perfecta, ni siquiera una obra cerrada. Quizá ahí radique su belleza. Es la idea obsesiva de un hombre que pudo retomar otras, a la vista más comerciales y provechosas, y de las que renegó para terminar lo que entendió el cometido de su vida, volviendo una y otra vez sobre el mismo texto, para pulir las perfecciones de lo parido originalmente imperfecto.
Así y todo, no me hubiera importado invertir veintidós años en escribir “algo parecido”.

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La soledad del corredor de fondo

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO
ALAN SILLITOE
DEBATE
MADRID, 2000. 218pp
Alan Sillitoe es un autor inglés ajeno a cualquier moda que ha sabido mantenerse dignamente desde que publicara su primera novela al final de la década de los 60 y que ha seguido a rajatabla el consejo que le dio Robert Graves en Mallorca al principio de su carrera: ‘Debes escribir sobre el lugar de dónde provienes y de lo que conoces […]’.
Nacido en 1928 en el seno de una familia obrera de Nottingham, donde los libros eran tan extraños como las comodidades, tuvo que abandonar los estudios a los catorce años para trabajar en la fábrica y no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial, al pasar un año en el hospital, que se aficionó a leer y más tarde a escribir.
Hablar de Sillitoe es hablar de realismo social y de literatura denuncia, destilada a través de unos personajes desesperanzados y atrapados en su entorno que nos muestran la miseria de los barrios ingleses de la posguerra. No es de extrañar pues que se le enmarque dentro del movimiento de los ‘jóvenes airados’ de los 50 del que también formaba parte el Nobel William Golding.
‘La soledad del corredor de fondo’ es una colección de relatos –quizá más bien de pequeñas novelas- que adopta el título del primero de ellos. En este se habla del desasosiego de una generación perdida por medio de Colin Smith, que tras ser condenado a un reformatorio por robar en una panadería, el sistema le otorga un voto de confianza al apostar por él como posible ganador de la carrera de fondo organizada entre los distintos correccionales del estado. El director le confiere una serie de privilegios –como salir a correr fuera del recinto- animándole a la reinserción para que sirva de ejemplo al resto de compañeros que ya para entonces le desprecia. Pero el protagonista es un rebelde sin causa y se empeña en abrazar la suerte que le ha tocado vivir resistiéndose a cruzar la raya que le separaría de los de su clase.
Pocas novelas se pueden jactar de un título tan bello y tan bien elegido, porque resume a la perfección el alma de todo el relato, su momento álgido, cuando el joven se enfrenta a sí mismo en el día de la carrera y ha de recorrer en soledad, acompañado tan sólo de sus pensamientos, la distancia que le separa de la meta, de su libertad, y comienza la lucha interior por mantener intacto su orgullo callejero o servir de herramienta al sistema traicionándose a sí mismo.
En 1962 la obra fue llevada al cine con guión del propio autor, que consiguió la difícil tarea de respetar el espíritu original en un medio distinto. La película se engloba dentro del movimiento cultural ‘Free Cinema’ del que el director Tony Richardson fue cofundador y donde lo que prima es la actitud, pues de ella nace el estilo.

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Carta de una desconocida

CARTA DE UNA DESCONOCIDA
STEFAN ZWEIG
ACANTILADO
BARCELONA , 2002. 66pp
Si he de ser sincero, nunca he creído mucho en el día de los enamorados, pero si éste sirve para que la gente se regale libros, no seré yo el que lo critique. Los catalanes saben hacerlo bien en este asunto y han declarado a su patrono San Jordi –23 de abril y día del libro- como el día de sus enamorados –ellos siempre van aparte-, donde se regala al chico un libro y a la chica una flor. Aunque en los últimos años se han saltado la tradición y a la chica también se le regala libro, mientras que los chicos todavía no han conseguido que se les regale flores. Desde el poder que me da este cachito de papel, propongo San Cecilio como día de los enamorados granadinos –libros para ellas y piononos para ellos-, pero mientras se crea la plataforma para tal reivindicación y siempre lejos de molestar a la de Ayala por el Nobel, recomiendo un libro perfecto para este día en que la voraz máquina comercial nos obliga a alcanzar el punto álgido anual de nuestro enamoramiento.
El libro que hoy nos ocupa es del austriaco Stefan Zweig que se suicidó en 1942 junto a su mujer en Brasil, ante la inminente expansión del régimen nazi por Europa. Dato para nada caprichoso que viene a demostrar el alto nivel de compromiso que tenía este autor en todo lo que hacía. ¿Por qué si no, estando lejos del peligro toma esta decisión fatal?
En ‘Carta de una desconocida’ el autor nos cuenta la demoledora historia de una niña de trece años enamorada de su vecino escritor, al que vigila atrincherada tras la mirilla de su casa. La vida transcurre y a su muerte le hace llegar una carta donde le confiesa su amor incondicional no correspondido. Durante las veinticinco páginas que tiene la epístola, el lector acompaña a la mente inocente de la niña durante los dieciséis años en los que se va convirtiendo, primero en mujer y luego en madre, y sufre con ella los cambios sentimentales que le provoca verle acompañado de otras mujeres. No desvelaré mucho más de la trama porque sería destrozar el libro, pero sí que es una de esas novelas proclives a la relectura.
Si después de leerlo –nunca antes-, os quedáis con ganas de más, entonces recomiendo también las versiones cinematográficas realizadas alrededor de la obra. La última de 2004 de la china Jinglei Xu que sitúa la acción en Pekín y la que está mejor conseguida –aunque he de confesar que no la he visto pero me rijo por el consejo de una experta en la materia-, la americana de 1948 de Max Ophüls, que la sitúa en la Viena original.
Y ya puestos a ayudaros con el regalo, os recomiendo la edición de Acantilado, de una calidad muy en la línea a la que nos tiene acostumbrados.

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Los papeles de Aspern

LOS PAPELES DE ASPERN
HENRY JAMES
TUSQUETS EDITORES
BARCELONA , 2001. 155pp
¿Qué estarías dispuesto a hacer por conseguir las cartas manuscritas de tu poeta favorito a su amada? Esa es la idea de la que parte Henry James para escribir ‘Los papeles de Aspern’, basándose en una historia real que el autor escuchó en Florencia a un crítico de arte compatriota suyo y amante de la obra del escritor romántico Shelley, que decía que había convivido bajo el mismo techo de una ya vieja Claire Clairmont –amante de Byron y madre de uno de sus hijos- y su sobrina solterona, sólo por el interés de unas cartas que aún conservaba del poeta. Cuando la anciana muere, la ingenua sobrina le ofrece los documentos a cambio de que se case con ella. El crítico, asustado, arrambla con todos los papeles a su alcance y se da a la fuga. La historia le sedujo tanto que, sólo un año después de escucharla, publica esta nouvelle cambiando el nombre de Byron por el de Jeffrey Aspern y el de Claire por mistress Prest.
Enamorado de la ciudad de Venecia, no encuentra mejor escenario que un viejo palazzo decadente rodeado de aguas cenagosas, para rememorar los días atormentados del escritor maldito y poder recrear esa atmósfera saturada tan característica de su pluma, marcando un tempo pausado lleno de matices donde sitúa a la vieja mistress Prest y a su sobrina Tina, que acceden a alquilar una habitación por un precio desorbitante al excéntrico norteamericano, del que jamás se llega a saber su nombre y que oculta su profesión de editor y sus verdaderas intenciones de dar con unos papeles que ni siquiera sabe si existen. Después de tantear a la anciana y ver que jamás conseguirá nada de ella, escoge como estrategia seducir a la solitaria sobrina para llegar hasta ellos, culminando con uno de los duelos de inteligencia más elaborado y tenso, mantenido de forma magistral en un tiempo que parece detenerse, entre la anciana amante que adivina las intenciones del editor y éste, que trata por todos los medios de hacerle confesar la existencia de las cartas.
Henry James es uno de los narradores más críptico y de doble lectura que ha dado la literatura anglosajona. Nacido norteamericano y nacionalizado inglés justo un año antes de su muerte, arrastró durante toda su existencia esta pesada dualidad del que no se encuentra en ninguna parte. Si a esto le sumamos una sexualidad incierta derivada del accidente que tuvo con tan sólo diecisiete años en el transcurso de un incendio, que le provocaría una inapetencia sexual de por vida, junto al cultivo obsesivo del género epistolar -consiguiendo rebasar en más de diez mil cartas las que todavía se conservan de él-, se puede entender esa manera tan introspectiva de escribir que prodiga ambientes tan densos y quizá se deduzca el motivo que le llevó a escribir uno de sus mejores short long story.

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