La Sociedad del Duelo

23 September 2004

Los que se quedaron en el camino

Filed under: Intercuentos — gines @ 5:45 am

Cholele era mi mejor amigo en E.G.B. Nos prometimos amistad eterna y siendo pequeños fantaseamos con hacer la mili juntos para reforzar aún más si cabía esa amistad. Luego, la ironía de los años nos separó y ninguno de los dos hizo la mili. Más tarde llegó el instituto, allí quizá mis mejores amigos fueron Sergio y Raúl. Seguí su pista unos años más para luego perderla para siempre. Al llegar a la universidad conocí gente muy interesante con la que ‘todavía’ mantengo contacto. En el trabajo también he conocido gente excepcional que, quizá, dentro de muchos años intente recordar su cara, o peor aún, su nombre y me sea imposible. Lo que quiero decir, es que no somos más que un conjunto de relaciones temporales y contextuales que nos sirven para desarrollarnos.
¿Cuántas veces te has cruzado con amigos en los que en su época lloraste en su hombro por los primeros amores rotos y te has hecho el loco porque no sabías que contarle? Y peor aún si hablas con él, los dos estáis incómodos para luego despedirse con la típica frase ‘Te llamo un día y quedamos’ cuando ni siquiera tienes su número de teléfono.
La verdadera amistad es la innata y la que, aunque pase meses sin tener contacto con la otra persona, cuando la vuelves a ver tan sólo preguntas: ‘¿a que bar vamos?’

22 September 2004

La habitación rotante

Filed under: Intercuentos — gines @ 4:15 am

Después de trabajar en aquella ciudad donde estaba desplazado volví al hotel. Me dieron la llave 502 en recepción y subí al quinto piso buscándola. Cuando abrí la puerta me alertó que la luz estuviera encendida y hubiera ruido dentro. Asomé la cabeza y una pareja estaba allí, él vistiéndose, ella viendo la televisión tirada en la cama. Me disculpé pensando que me había equivocado aunque me extrañó que la llave abriera. Le quité importancia pensando que era fácil que hubiese llaves repetidas en un hotel tan grande.
Recorrí el largo y solitario pasillo buscando mi habitación para acabar delante de la misma puerta. Dudé un momento e introduje la llave. Esta vez apareció un hombre obeso y desnudo tendido en la cama y una señorita encima de él. Pedí de nuevo disculpas y cerré la puerta. Atribuí mi torpeza al cansancio de las últimas semanas de trabajo. ¿Pero cómo era posible que aquella llave abriera todas las puertas?
Busqué de nuevo mi habitación y acabé una vez más en el mismo sitio. Abrí sin miramiento y encontré a una madre jugando con su hijo pequeño en la cama y al padre hablando por teléfono. Cerré de golpe, esta vez sin pedir disculpas. Algo pasó por mi mente pero debía abrir otra vez para comprobarlo. Así lo hice y esta vez apareció un melancólico hombre de negocios comiéndose un bocadillo. Mi teoría era cierta: cada vez que la abría era una distinta.
Llevo abiertas 105 habitaciones y todas han sido diferentes. Tengo mucho sueño. Espero que no lleguen a 502.

21 September 2004

Disparad al turista

Filed under: Intercuentos — gines @ 3:14 pm
turista.jpg

Barcelona tiene dos grandes plagas: las palomas y los turistas.
Sé que no es excusa pero el calor en verano es muy traicionero. Me asomé al balcón. Mi barrio es uno de los más turísticos de la ciudad, así que allá abajo había una horda de turistas fotografiando con ansia cada esquina, cada piedra…
Uno alzó la cámara y me fotografió en calzoncillos. Aquello fue el detonante. Cogí mi rifle de mira telescópica y subí al terrado. Por un momento dudé que plaga eliminar y siendo conocedor de mi puntería y las palomas tan pequeñas, me decanté rápidamente por la segunda.
Cargué el arma y apunté al primero, un alemán con todo el kit: gorra, sandalias con calcetines, pantalones cortos, camisa hawaiana y cámara al cuello. Es curioso como perdemos el sentido de la estética cuando cambiamos de país. Parece ser que como nadie nos conoce, todo está permitido.
En fin, que cuando iba por el quinto y pensando que el barrio me iba a recriminar mi comportamiento, me sorprendí cuando desde cada ventana asomó un rifle y me ayudaron a exterminarlos. Muchos gritaban desatando una torre de babel en plano. Otros se dedicaban a fotografiar a sus compañeros caídos como si fuera una atracción más del país. Comenzó entonces una batalla de flashes y disparos. Jamás ha estado más claro el resultado de una batalla. En el fragor de la misma, alguien llamó a la policía (¡uno de esos cobardes!) y cuando llegó, nos quitó el arma a todos.
Yo creía que me iban a meter en la cárcel y me iba a hacer famoso como mártir de la causa, pero el agente tan sólo me regañó: “No lo vuelvas a hacer. No está bien”.

20 September 2004

Lleno por favor

Filed under: Intercuentos — gines @ 4:19 pm

Este fin de semana me he ido de turismo rural y parece mentira lo lejos que quedan los pueblos auténticos de las ciudades. Tanto, que no tienes más remedio que pararte a repostar en las gasolineras del camino. Así que tras hacer uso del autoservicio, entré dentro del local para pagar y comenzó mi gran aventura. Justo cuando estaba firmando el ticket de la tarjeta, entraron veinte hombres vestidos de negro con armas en la mano gritando que era un atraco. Es curioso lo que piensas en situaciones extremas: “mucho dinero tendrán que robar para que el reparto valga la pena”. Cada cuatro atracadores apuntaban a un cliente (la proporción era esta y supongo que todos querían ganarse el sueldo). De pronto un ruido captó la atención de todos los presentes. La estantería de los botes de tomate enteros estaba temblando. Parecía que las latas habían cobrado vida propia. Los ladrones apuntaron entonces hacía ellas y todo el mundo se sorprendió cuando las latas comenzaron a abrirse ruidosamente y los tomates salieron disparados hacia ellos. Hubo entonces una batalla campal entre los tomates y los hombres de negro mientras los clientes nos tiramos al suelo. Tras unos minutos de caos, aparecieron los helicópteros de la policía y acribillaron a los asaltantes disparando a través del techo. No sé como lo hicieron pero ni un solo tomate, ni un solo cliente o dependiente fue herido en el asalto. Luego fue lo del terremoto y más tarde lo del la explosión pero eso ya son otras historias…
Por supuesto nada de esto pasó. Tan sólo eché la firma y salí en busca de mi coche. Pero…¿ qué clase de escritor sería si no lo hubiera imaginado?

16 September 2004

Antagonismo en las calles

Filed under: Intercuentos — gines @ 3:16 pm

Lo que más me gusta es hacer saltar las placas de las calles haciendo palanca. Me siento poderoso cuando el nombre es horroroso. Es como darle una nueva oportunidad al ayuntamiento de renombrarla. Quizá lo que menos me gusta – por pesado, monótono y por tener poca analogía poética – es desmontar las aceras y rascar el asfalto.
No recuerdo cuando comencé a hacer esto. No sé quien me lo encargó y porque lo hago noche tras noche incansablemente. Ni siquiera sé si soy el primero o si hubo – o hay – más como yo.
El caso es que, esta última madrugada, por primera vez desde que trabajo aquí, me he cruzado con un anciano visiblemente cansado. Venía tras de mí, arreglando de forma mecánica, mis desperfectos.
Cuando ha pasado por mi lado, me ha mirado con desprecio pero no me ha dicho nada. Al fin y al cabo existe por mí: Él es el que pone las calles. Yo el que las quita.

15 September 2004

Cortázar en metro

Filed under: Intercuentos — gines @ 8:49 am
cortazar.jpgUn cuento de Cortázar – “Texto en una libreta” o “Manuscrito hallado en un bolsillo” depende con quien hables – cuenta que una vez hicieron el experimento de contar la gente que entraba y salía del metro de Buenos Aires. Se dieron cuenta que salía mucha menos gente de la que entraba. Los genios se pusieron a pensar y llegaron a la conclusión que dentro del metro, por rozamiento dentro de los vagones y en los pasillos, las personas se gastaban y desaparecían. ‘Las mermas del metro’ llamaron a este fenómeno. A todo el mundo le pareció normal aquella explicación.
Hoy, mucho años después, el mismo experimento se ha repetido en el metro de Barcelona, contando los billetes usados y la gente que sale, dando como resultado algo más increíble si cabe: ¡Sale más gente de la que entra!
Una vez más los genios se han puesto a pensar y ahora dicen que, muchas mujeres entran embarazadas – o se ‘embarazan’ dentro – y que tienen los niños por los túneles donde se ha creado una sociedad del subsuelo y donde crecen y se forman en las escuelas que allí han ido apareciendo – ¿Quién no ha visto alguna vez, uno de estos niños jugando en las vías? – . Cuando están preparados para enfrentarse al exterior se les acompaña hasta la salida siendo estos los datos discordantes de la estadística.
Yo, sin ser genio, sin ser siquiera muy listo, doy una solución alternativa: Contar también a los que se cuelan.

14 September 2004

Los que nunca fuimos

Filed under: Intercuentos — gines @ 4:08 pm

¿Dónde van los cuentos que nunca se acabaron?
Los que nunca fuimos, nos quedamos en una zona intermedia, un hades común accesible a todos los creadores y esperamos a que alguien nos retome. A menudo no es el mismo autor que tuvo la idea, a veces ni siquiera contemporáneo o de la misma nacionalidad.
Nos quedamos allí, atormentando la cabeza de los escritores, apareciendo en las horas en las que nadie nos espera, intentándolos despertar a mitad noche, ‘¡Hey, escríbeme que valgo la pena!’
En la eternidad del frío leemos mutuamente nuestros renglones aún no escritos y a veces, si podemos complementarnos, nos unimos entre nosotros y así, de dos o tres incompletos hacemos uno y nos presentamos en la hora de las musas como producto acabado. Lo más gracioso ocurre cuando al autor, al llegarle una idea acabada y redonda, se cree un genio sin darse cuenta que lo utilizamos como mero instrumento de huida.

13 September 2004

Aparcar en Barcelona

Filed under: Intercuentos — gines @ 2:39 pm

El que viva en Barcelona sabrá lo difícil que es encontrar aparcamiento a las 12 de la noche cuando todo el mundo ya está en casa y a ti te ha pillado la noche en la calle. Llegaba yo buscando un sitio cerca de mi casa. Después de descartar aparcar en zona azul, encima de las aceras, en una calle que cada día (dependiendo si es par o impar) los coches cambian de lado, etc… supe que iba a ser otra de esas noches de dar vueltas a la manzana como un satélite. El caso es que, tras dar un par de ellas, adiviné que el coche de delante tenía la misma intención que yo. Para el que sea conductor, sabrá lo desazonador que es esto. No sólo tienes que encontrar un sitio sino dos, ya que el primero se lo va a quedar el de delante. Así que disimuladamente intenté adelantarle. Pues bien, el otro conductor, que a partir de ahora llamaremos ‘Joputa’, se dio cuenta de mis intenciones y comenzó a obstaculizarme el paso. La velocidad se fue incrementando en cada salida de semáforo. Más tarde dejamos de hacer casos a éstos y comenzó una endiablada carrera para ver quien se ponía delante. Sólo me percaté del tiempo que llevábamos dando vueltas, cuando pitó la reserva de gasolina y miré al cielo que quería amanecer. Fue entonces cuando un trabajador tempranero salió de su casa con la llave en la mano. Joputa lo vio también y paró el coche en seco, siguió lentamente al hombre ante la impotencia de seguirle yo pegado en primera. Cuando por fin dejó el hueco, Joputa comenzó a botar dentro del coche de alegría haciendo gestos con las manos que no repetiré aquí. Supe entonces que había perdido. Pero entonces pasó lo inesperado. Me miró desafiante por el retrovisor y tras un momento de incertidumbre, apretó el acelerador y salió quemando ruedas. Miré el sitio, miré la calle,… y salí en su persecución.

10 September 2004

El segundo

Filed under: Intercuentos — gines @ 9:15 am

Tan sólo lleva un segundo. Es algo que aparece a traición, sin avisar.
Un vagón de metro, un chico, una chica y un montón de extras. El chico y la chica hablan animadamente. Todavía no se han dado cuenta.
Una sacudida del vagón acerca sus labios y por un segundo, ese segundo, parece que el vagón no toca las vías, los extras desaparecen y el tiempo se detiene en el silencio más profundo.
Una vez pasa, el ruido ambiente y la luz vuelven a aparecer progresivamente.
Ella se baja en la próxima parada. Ya no hablan, ni siquiera se acuerdan de la conversación. Se abren las puertas y se despiden torpemente.
Saben que algo ha cambiado.

9 September 2004

Luciérnagas en mis cables

Filed under: Intercuentos — gines @ 1:50 pm

La electricidad todavía no se ha inventado.
La verdad es tan sencilla como que en las instalaciones, los electricistas (esos grandes impostores) se limitan a instalar cables intercomunicados por dentro de la pared rellenos de luciérnagas. Cuando el habitante pulsa el interruptor, lo que hace es indicar a los insectos amaestrados donde se tienen que concentrar y así viajan por los cables y llegan a la bombilla donde giran tan aprisa que el ojo humano no las puede ver. Eso explicaría que cuando se encienden demasiados interruptores se va la luz. Es por la sencilla razón de que no dan abasto. Con esta teoría también se explicaría que la luz de la nevera esté siempre estropeada. Las luciérnagas no aguantan nada bien el frío.

Older Posts »

Powered by WordPress