Monthly Archives: October 2004

Premiere

Leccion.JPG

El viernes 12 de Noviembre a las 22.00 horas tendrá lugar el estreno mundial de tres cortometrajes de unos “jóvenes” directores que prometen mucho.
El lugar elegido será el “MAU MAU” situado. en la calle Fontrodona nº 33. Parada de metro: Paralelo.

El programa será:
“Trains” de Eva González
“La Lección del Maestro” de Victoria Román
“Escena 21” de Ginés Cutillas

Estáis todos invitados al evento, que no a las copas.

Poned en los comentarios la gente que va a venir para hacer una estimación.

Información ¿dígame?

Después del cuarto whisky, mi risa y la de mi amigo parecían querer jugar a tocatas y fugas. Se nos ocurrió entonces llamar por teléfono de forma aleatoria. Estaba convencido que en nuestro estado no se nos ocurriría ninguna broma buena, pero sólo llamar a las cinco de la mañana ya nos parecía bastante gracioso. Veinte llamadas después ya nos habíamos aburrido. Fue entonces cuando se me ocurrió la broma perfecta: llamar a información y preguntar por el teléfono de Dios. Cuando se puso la señorita al otro lado y me preguntó qué número solicitaba, le dije, con voz muy seria que quería quejarme de algunas cosas que no funcionaban y que por favor me diera el teléfono de Dios. Mi amigo pegó la oreja al auricular predispuesto a reírse pero nos sorprendió su reacción cuando la oímos teclear y dijo ‘apunte por favor…’
Hoy, muchos años después, todavía conservo el teléfono que apunté. Nunca me he atrevido a llamar.
¿Qué le digo si se pone?

La máquina del silencio

El exceso de ruido en las grandes ciudades llevó al Gobierno Único a promover un concurso para el invento más original que lo combatiera. El profesor Hoffman fue el ganador con su máquina del silencio. No era más que un anulador de ondas, es decir, una máquina que anulaba la onda de sonido para convertirla a plana, al silencio más absoluto. Si el ruido ambiental se puede recoger en una gráfica de ondas, este artefacto lo que hacía era generar una onda en tiempo real, igual pero de sentido contrario, para que la unión de las dos fuera totalmente neutra.
Se instaló una en cada ciudad y surgió la ley del silencio por la cual, a partir de las 12 de la noche y hasta las 8 de la mañana del día siguiente, se pondría en marcha para que los ciudadanos pudieran por fin descansar en paz. Cualquiera que gritara en la calle a esas horas no podría ni escucharse así mismo.
El profesor fue tan celoso del secreto de su funcionamiento que murió con él. Y hoy todavía, como resultado de su hermetismo, las noches de la ciudad se han quedado sin los maullidos de los gatos enamorados, los motores de los coches solitarios en avenidas vacías y los somieres que cantan al vecindario la pasión de las jóvenes parejas.

Al Foster

Uno de los últimos grandes baterías vivos ha tocado hoy en Barcelona. Una gran sonrisa blanca encerrada en caparazón negro, subió al pequeño escenario donde, durante alrededor de hora y media, desplegó su talento acumulado de años.
Esta noche Al Foster ha dejado de ser uno los baterías de Mile Davis.
Si yo hubiera sido uno de los músicos de la banda, hubiera quemado mi instrumento tan sólo para tener las manos libres y asi poder aplaudirle.

La llamada de Dios

dios.jpgAquella llamada me despertó. Conseguí encontrar el móvil a tientas entre mi aún frontera de lo onírico y la realidad. La crucé súbitamente al ver en la pantalla el nombre de ‘DIOS’. El miedo se apoderó de mí. Sabía perfectamente que aquel número no lo tenía memorizado.
Cuando mi sorpresa inicial pasó, pensé qué había hecho últimamente malo para que me estuviera llamando. Por más vueltas que le di, no acerté a encontrar nada por lo que el de Arriba quisiera hablar conmigo. Pensé pues si es que había hecho algo bueno por lo que quisiera felicitarme. Reí nervioso por la ocurrencia.
¿Por qué me llamaba entonces? Tardé tanto en decidirme a cogerlo que dejó de sonar. Mejor. Nada bueno podía salir de aquello. Pasaron los días y no se repitió la llamada y quise creer que había sido fruto de mi imaginación y castigo de mis noches. Pero tres días más tarde me llamó otro teléfono más inquietante: el ‘666’. Tampoco lo cogí. Desde entonces he tenido varios accidentes en los que salvé la vida de milagro. Tengo extraña sensación de que se están repartiendo mi alma.

Trincheras

trincheras.jpg

El joven soldado llevaba tres meses metido en aquel nido de barro esperando entrar en batalla. Las ordenes recibidas era parar el avance victorioso del enemigo. Todo el mundo sabía que aquella misión era imposible, que estaban condenados a morir allí. Los pocos locos que habían intentado huir, habían sido abatidos por sus propios compañeros.
El enemigo, siempre presente al otro lado del horizonte, no parecía querer hacer acto de presencia. Estaba seguro que era otra sucia táctica para desmotivarlos. Y lo estaban consiguiendo.
Para ayudar a pasar el tiempo, había escrito mil cartas a sus familiares, dejando entrever en muchas de ellas, que quizá fuera la última. Los nervios del recluta estaban destrozados. Ojalá una explosión rompiera el silencio tan angustioso en el que todo su regimiento se había embarcado. Sólo el ruido de los pasos en el fango semejando almas atrapadas en el infierno, rompía aquella macabra angustia. Prefería morir en una batalla inminente a seguir esperándola con los brazos cruzados.
No pudo más. Sacó la pistola y se quedó mirándola. Su compañero adivinó sus intenciones pero el barrizal le impidió llegar a tiempo.
Él, al menos, había ganado a su enemigo.

Madrid

Gran circo de asfalto donde los coches pastan quietos. Viajeros, que entre distancias cortas infinitas, duermen en autobuses y corren bajo tierra.
Sirenas invisibles, bares abarrotados de soledad, comida rápida, piratas sin barco, cerveza fría, rosas de China, la calle Orense, humo de cigarro, soñadores y suicidas. Extraños que se han cruzado en un punto, donde la pobreza de unos es la riqueza de otros.
Consultores sin alma, mercenarios del teclado, putas callejeras.

La puerta de llegadas internacionales

Cuando era pequeño mi tío me llevó al aeropuerto sin decirme donde me llevaba. Supongo que pensó que le sería muy complicado explicarme que era aquel lugar y para que servía. Allí estaba, con cinco años, delante la puerta de llegadas internacionales mientras megafonía iba anunciando vuelos que llegaban de Brasil, Inglaterra y demás partes del mundo. Entonces, un rato después, se abría e iban entrando los pasajeros. Si era de Brasil la mayoría eran negros o mulatos. Si era de Irlanda entonces pelirrojos con pecas. Todos salían sonriendo, como burlándose de los que estábamos fuera. Sólo ellos sabían lo que había ‘al otro lado’ de la opaca puerta que se abría automáticamente desde dentro. Yo jugaba delante de ella con la intención de que los detectores – de los que si era consciente – notaran mi presencia y así poder echar un vistazo al extranjero.
Estuve convencido muchos años que viajar consistía tan sólo en atravesar aquel misterioso arco, de que el extranjero se encontraba tan sólo a unos pasos. Siempre detrás de aquella puerta.