La Sociedad del Duelo
27Feb/064

El pedo más grande del mundo

Empezó un domingo de abril después de una opípara comida. Sebastián Rivera sintió como una flatulencia descomunal recorría sus dos metros de intestino grueso para acabar trompeteando allá donde la espalda pierde su nombre. Un pedo ciclópeo comenzó a salir de forma tan continua como sonora del cuerpo del pobre cajero de banco. Tras cinco días de ausencia de la oficina no tuvo más remedio que presentarse con su estridente fanfarria en el despacho del jefe, que tras oler sus argumentos le dio permiso indefinido hasta que cesara aquel extraño aire. Pero no cesó.
Tras coger la baja voluntaria con un doctor que dudaba de que aquello fuera una enfermedad fraudulenta a lo que Sebastián Rivera contestó que más bien era un enfermedad flatulenta, se encerró en casa llenando el espacio con su olor personal. La primera en dejarle fue su mujer que no sabía si era mejor en la cama ceñirse la sabana al cuello o dejarla destapada, más tarde los hijos y por último los amigos. Dejó de ir al cine, al gimnasio, a la peluquería e incluso al supermercado. Cayó en una profunda depresión de la que sólo pudo salir cuando se convenció de que había sido dotado de un don extraño que debía aprovechar. Pensó los fines a los que podía dedicar su gracia y acabó usando su aire para avivar las velas de los barcos en las competiciones más famosas y de combustible para globos aerostáticos. La fama no se hizo esperar. Lo que había sido un defecto se convirtió en virtud. De pronto todo el mundo le quería conocer, salió en todos los programas de la tele demostrando sus habilidades y la locura se desató cuando fue elegido hombre del año por la revista People.
Pero un buen día, cuando ya no se acordaba de la vida mediocre que llevaba cuando era cajero, cuando ya creía que había sido elegido por un poder superior que escapaba a su entender, el pedo, ese pedo que le había acompañado durante los últimos treinta años de su vida se extinguió de repente. Vivió condenando en una horrible atmósfera limpia hasta su muerte.
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22Feb/060

Slaveship

joshrouse
A slaveship, lost at sea
A slaveship, lost at sea
And I'm drowning, your waters deep
I'm drowning, your waters deep
A spaceship, in the country
A spaceship, in the country
And we're flying, into green
We're flying, into green

And I told you a thousand times (sold you a thousand lies)
I love you, would you marry me?
I love you, would you marry me?

The city, there's an empty street
The city, there's an empty street
And we're dancing, to the lonely beat
We're dancing, to the lonely beat
Your building, is where we'll meet
Your building, is where we'll meet
And I'm hungry, lets get something to eat
I'm hungry, lets get something to eat

Cos I told you a thousand times (sold you a thousand lies)
I love you, would you marry me?
I love you, would you marry me?

Your daddy, he ain't like me
Yoir daddy, he ain't like me
I'm striving, I so wanna be
I'm striving, I got to agree
One day girl, you'll be my queen
One day girl, I'll be your king
And we'll reign, in a castle supreme
We'll reign in, a castle supreme

Cos I told you a thousand times (sold you a thousand lies)
I love you, would you marry me?
I love you, would you marry me?
Cos I told you a thousand times (sold you a thousand lies)
I love you, would you marry me?
I love you, would you marry me?

(Slaveship - Josh Rouse)

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12Feb/060

El Gesto de la Muerte

auden.jpg
Un joven jardinero persa dice a su príncipe: -¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

(Jean Cocteau)

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5Feb/060

De la inconstancia del género

Me desperté mujer aquel día. No me inquietó tanto el hecho en sí como el pensar que aquella noche tenía mi primera cita con la chica que tanto me gustaba y a la que tanto había perseguido para conseguirla. ¿Cómo le explicaba esto? ‘Hola Carmen, sé que es difícil de entender pero debajo de estos pechos se encuentra Ambrosio, el que siempre ha estado loco por ti’. ¡No iba a resultar! Quizá si me cortara el pelo y me vistiera holgado conseguiría disimular mis formas y pasar por hombre. A las doce la dejaría en casa con un inocente beso y me iría. Eso haría. Quedar como un caballero sin propasarme y esperar que al día siguiente volviera a ser ‘normal’.
Nada más sentarnos en el restaurante me pasó lo que jamás me ha pasado siendo hombre. Me confesó que se moría de ganas por acostarse conmigo, que nunca había sentido nada parecido por nadie y que se sentía muy cercana a mí, como si yo fuera su hermana. Su mano comenzó a deslizarse por debajo de la mesa en busca de los calcetines que sabiamente había colocado mientras sus labios me besaban una y otra vez.
Me olvidé que era mujer. Nos fuimos corriendo a su casa besándonos en cada farola. Llegamos entre jadeos a la cama y sólo cuando mi camisa cayó al suelo recordé a través de la mueca de su rostro, que todavía estaba encerrado en un cuerpo de fémina. Huyó aterrorizada de su propia casa dejándome desnuda enfrente del espejo que me devolvió una imagen de la que hasta hoy sigo enamorada.
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