Monthly Archives: September 2006

Los años acelerados de Clara

Dicen que el tiempo es lineal para todos aunque lo único que parece ser cierto es que alguna gente vive más deprisa que otra.
A la edad de veinticinco años, cuando crees que el remolino hormonal se ha calmado, aparece de nuevo una oleada de deseos inconfesables que tan sólo cierto pudor acallan.
Clarita, la hija pequeña de nuestros vecinos de siempre, acababa de cumplir catorce años y la naturaleza parecía desbordarse desde sus pechos mientras sus pecas infantiles aún no se habían retirado de su rostro. Cuando sus padres se separaron, ella tuvo que buscarse la vida con las herramientas que algún poder sobrenatural le habían otorgado.
No la volví a ver hasta diez años después, recién llegado yo a la mitad de la treintena. Me costó reconocerla, ya que de su cara había desaparecido cualquier resquicio de inocencia y la vida se la había marcado con las pesadas huellas del tiempo. No caí en la cuenta hasta que llegué a casa. Las tres décadas de edad que me había dicho que tenía no podían ser correctas. Siempre nos habíamos llevado once años, por lo que debía ser más joven. No le quise dar más importancia al malentendido y me centré en el pasar de los días hasta que la volví a encontrar al regreso de mi exilio en Argentina. Mi cuerpo encerraba justo entonces medio siglo de experiencias pero ella me había superado ya con sus sesenta años, y aunque se había apaciguado en la manera de vestir, no lo había hecho en la manera de ganarse el pan. ¿A qué quieres que me dedique ya? me preguntaba con gesto de payaso cansado.

El manto protector

La luz se encendió en el cuarto de los chavales y entró el padre cojeando.
– Chicos, vuestra madre se encuentra mal. Se ha caído de la cama y no responde.
– ¡Esa luz!
– Ayudadme a acostarla. Solo no puedo.
Los dos hermanos se levantaron a regañadientes y restregándose los ojos recorrieron el pasillo que los separaba de la habitación de los padres. Al entrar vieron a su madre tirada en el suelo sufriendo pequeños espasmos.
El pequeño intentó volverla en sí a base de gritos y empujones.
– No responde papá. ¿Qué hacemos?
– Acostarla y a ver si por la mañana se encuentra mejor.
La cogieron –uno por los pies y otro por los hombros- y la devolvieron a la cama. El padre se tumbó a su lado y apagó la luz sin esperar siquiera a que los hijos salieran de la habitación. El menor de los hermanos cogió una manta y se la echó por encima a su madre. Ésta seguía temblando y con los ojos en blanco.
El médico hizo pasar a los familiares.
– ¿Y desde cuándo dice que está así?
– Anoche comenzó a sentirse mal sobre las doce y a la una se cayó de la cama con espasmos. Yo le hablaba y ella no me contestaba – dijo el padre.
– Esta mañana, cuando hemos visto que no se levantaba a hacernos el desayuno, hemos pensado que podía ser serio – dijo el mayor mientras el pequeño doblaba cuidadosamente la manta y se la ponía debajo del brazo.
– ¿Sabe lo qué le pasa doctor?
– Vuestra madre ha sufrido un ataque cerebral. Quizá si la hubierais traído antes se podría haber hecho algo pero así…
– ¿Y entonces ahora quien nos hará la comida y el desayuno? – preguntó el mayor.
Su padre le cogió del hombro arrastrándole fuera de la consulta. En el umbral de la puerta se giró para preguntarle al doctor:
-¿Se la queda usted o nos la llevamos a casa?

Los 7 Beatles

Hace unos días que George Martin -el productor de los Beatles- ha confesado que la famosa portada del ‘Abbey Road’ costó casi dos meses conseguirla ya que unos gamberros insistían una y otra vez en colarse en el encuadre cada vez que intentaban fotografiar el ya célebre paso de peatones. Hoy, algunas de esas insólitas fotos se han puesto a la subasta en Christies’s. Se las ha llevado por 6 millones de euros un postor anónimo que se hacía llamar Canjuarlos. Los policías de CSI han conseguido aumentar el individuo del final de la foto para proceder a la identificación para su justo castigo. Si alguien le reconoce no dude en dejar algún comentario.

Todo desde la la atalaya

“There must be some way out of here,”
said the joker to the thief.
“There’s too much confusion, I can’t get no relief.
Businessmen, they drink my wine,
plowmen dig my earth,
None of them along the line know what any of it is worth.”

“Debe haber algún camino que lleve fuera de aquí”,
dijo el bromista al ladrón.
“Hay demasiada confusión, no consigo alivio.
Los hombres de negocios se beben mi vino,
los campesinos cavan mi tierra,
Ninguno de ellos sabe que algo está mal”.

(All allong the Watchtower – Bob Dylan)

Medio siglo de ventaja

En junio leí en el diario una noticia que me impactó. Dos jóvenes americanas habían sufrido un accidente de tráfico. Una murió y la otra quedó en coma. Durante un mes, la familia veló a la que todavía estaba viva, pero cuando volvió a ser consciente comenzó a decir cosas raras. Por fin se dieron cuenta de que había habido un terrible error y habían intercambiado las identidades.
Me pareció una noticia increíble para escribir un cuento y estuve varias semanas pegándole vueltas de cómo afrontarlo. Una noche, leyendo un cuento de Francisco Ayala -escritor centenario granadino que está nominado al Nobel de Literatura- me quedé de piedra cuando leí un cuento suyo –“Un quid pro quo, o who is who”- escrito hace más de 40 años que se basaba en el accidente en un taxi de dos jóvenes azafatas en Seattle –accidente de tráfico y americanas también-. Una murió y la otra quedó mal herida. La historia acababa igual.
Por una parte me sentí halagado por haber pensado escribir algo igual a lo que escribió el genio Ayala, por otra parte me sentí desilusionado por no poder hacerlo –al menos sin repetirme- y por otra parte no pude dejar de sentir un cierto “miedo” por tanta casualidad…

Nota encontrada en el fondo de una hombrera vacía

El aire está ya viciado y todos permanecemos tumbados intentando consumir el mínimo oxigeno posible. De repente unas pinzas gigantes me han cogido y me han sacado de la burbuja de aire. Flotando en el agua he visto como los cangrejos hablaban de mí. He metido el estómago para aparentar ser más delgado, artimaña que ha funcionado ya que me han devuelto intacto a la hombrera justo en el momento que comenzaba a faltarme el oxígeno. El pánico se ha adueñado otra vez del habitáculo cuando la pinza, como en una ruleta, reclamaba un nuevo candidato.
Juan se ha puesto nervioso y ha cometido el error de echar a correr llamando así su atención. No ha tardado en ser atrapado y sacado del hábitat. Ya no ha regresado. Aplastados contra el cristal hemos contemplando como el otro crustáceo ha aprobado la elección. Por un momento hemos respirado aliviados, aunque sabemos que lo único que conseguimos es alargar esta fatídica espera.
Lo siguiente que ha pasado me cuesta transcribirlo aquí. Han metido al pobre Juan en una corriente de agua hirviendo del fondo volcánico y lo han sacado a los cinco minutos ya sin vida. El primer cangrejo se lo ha presentado al otro sobre una concha. Lo primero que ha hecho el comensal ha sido arrancarle la cabeza de cuajo para succionarla. Todos hemos gritado horrorizados pero ellos parecen no oírnos. A continuación ha quebrado uno a uno todos sus huesos, escarbando en los recovecos más recónditos hasta conseguir la última migaja de lo que fue nuestro compañero. Cuando por fin ha terminado el dantesco espectáculo, nos hemos amontonado en una esquina de la hombrera para infundirnos ánimos, pero a punto de conseguir cesar los gritos y los lloros, alguien ha alertado que el cangrejo que ha devorado a Juan le hacía señales al otro. Tengo que dejar de escribir esta nota, se acercan otra vez y la pinza ha comenzado de nuevo a…