Monthly Archives: July 2009

Los Shandy

Cuando Cristina García Morales me presentó en el Salón de Lectura de el Salao, me identificó con el movimiento Shandy. Enrique Vilamatas, en su libro de Historia abreviada de la literatura portátil define al espíritu Shandy como “innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, simpatía por la negritud, cultivar el arte de la insolencia”. Si seguís indagando también encontraréis que los Shandy odian a los niños, que su obra cabe en un maletín (de ahí el término portátil) y de que funcionan como una “perfecta máquina soltera”…
Por fin me he enterado de qué hablaba y me ha servido para descubrir este gran libro totalmente recomendable.

Miedo a escribir

“Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras: ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo.Meditación leve y suave como la nada. Escribo casi totalmente liberado de mi cuerpo. Como si éste levitase. Mi espíritu está vacío con tanta felicidad. Tengo ahora una libertad íntima sólo comparable a un cabalgar sin destino a campo traviesa. Estoy libre de destino. ¿Será mi destino alcanzar la libertad? …”

(Un soplo de vida – Clarice Lispector)

La muerte boca abajo


Nada más llegar aquí, cuando comencé a andar boca abajo por el techo, lo que más me impresionó fue el efecto de ver al abuelo en su silla de ruedas circulando del revés. Quizá más que ver a mis padres o a mi hermanito, pues siempre lo han hecho con la naturalidad que los pies saben dar a los pasos.
A menudo pienso que me ven, al menos que me intuyen –el abuelo, por ejemplo, no deja de mirar hacia arriba con disimulo-, pero que no lo admiten, quizá para hacérselo más fácil al crío. Todavía, algunas veces, pruebo a tocarlos.
Es fascinante ver crecer a mi hermano desde arriba. No hay noche que no entre en su cuarto a darle las buenas noches cuando ya está acostado en la cama. Me coloco frente a él, con la espalda pegada al techo, e imagino que me mira.
Lleva varios días ahí tendido, muy enfermo. Anoche, tuvieron que llamar urgentemente al médico, y esta mañana me ha despertado con su sonrisa de niño jugando a mi lado.
Por las noches aún insiste en besar al abuelo. A mí, lo único que se me ocurre, es auparle para ver si llega a su mejilla.

El mal de Socrates

El mal de Sócrates

Tras varias décadas de uso de la Red, el conocimiento se fue acumulando de forma inexorable. Al prohibirse el papel por motivos ecológicos, se digitalizaron los libros y más tarde periódicos y revistas. Todo debía volcarse para que el saber universal fuera accesible desde cualquier lugar del mundo.
La educación cambió. Los profesores, seguros del contenedor global, no exigían a los alumnos aprender de memoria las cosas, ni tan siquiera las reglas gramaticales.
El lenguaje se fue desvirtuando. Pronto las búsquedas sobre la Red dejaron de ser exactas y peor aún, la creación de nuevos contenidos se veían afectados por incorrecciones tan graves que hacían imposible su posterior recuperación. Llegó un punto en que ni los manuales de gramática eran fiables.
Las generaciones posteriores no supieron extraer la información de la Red y acabaron por abandonar la representación gráfica de la palabra.
Hoy día, aún queda quien dice que una vez existió -puede que aún lo haga en alguna parte- una base de datos con todo el conocimiento humano.

Audio para un libro de castellano en EEUU

La editorial Vista Higher Learning de Boston me encargó que grabara un relato para un libro de texto de castellano para las universidades norteamericanas. Ahí va el audio:

La desesperación de las letras
Estaba viendo la tele cuando oí un fuerte estruendo detrás de mí. Justo en la biblioteca. Me levanté extrañado y fui a comprobar qué era. Una masa inconsistente de papel agonizaba a los pies de la estantería. La cogí entre mis manos y desmembrando sus partes pude adivinar que aquello había sido un libro, Crimen y Castigo para ser exactos. No supe encontrar una explicación lógica a tan extraño incidente. A la noche siguiente, otra vez delante de la televisión, oí de nuevo ese ruido. Esta vez irónicamente, había sido Anna Karenina quien se había convertido en un manojo de papel deforme que yacía a los pies de sus compañeros. Tras varias noches repitiéndose los hechos, me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: los libros se estaban suicidando. Al principio fueron los clásicos, cuanto más clásico era, más probabilidad tenía de estamparse contra el suelo. Más tarde comenzaron los de filosofía, un día moría Platón y al otro Sócrates. Luego les siguieron autores más contemporáneos como Hemingway, Dos Passos, Nabokov… Mi biblioteca estaba desapareciendo a pasos agigantados. Había noches de suicidios colectivos y yo por más que me esforzaba, no conseguía encontrar un rasgo común entre las obras kamikazes que me permitiera saber cuál iba a ser la siguiente. Una noche decidí no encender la televisión para vigilar atentamente los libros. Aquella noche no se suicidó ninguno.

El baile

Que rechace el dinero y la gloria,
que me muestre nervioso frente al mar,
que me case con una mujer que me odia,
que mate al chofer de un funeral,
que sea un bobo estúpidamente feliz,
que ande descalzo en el invierno,
que incumpla todos mis acuerdos,
que renuncie –sin más- al mes de abril,
que piense hasta burlar las trampas del cerebro,
que me resista al tiempo y a su mordedura,
que me emborrache y luego
intente pasar por el ojo de una aguja,
que converse sin miedo con el dolor,
que robe, que secuestre, que engañe,
que malviva del aire,
que sea un descarado fingidor…

pídeme lo que quieras,
cualquier cosa,
lo que sea,
pero nunca me pidas que desista,
que abandone este baile,
que me dé por vencido y niegue
cada uno de mis pasos.

Tú sabes que si me gusta
bailar contigo es porque a tu lado
siempre olvido que tengo
los pies de barro.

(El baile – Miguel Ángel Arcas)