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Cupido

Los cinco divorciados lo sorprenden defecando y lo rodean para impedir que huya otra vez. Él, aterrado, avergonzado por la situación, no acierta a mostrar resistencia. Los hombres, entre risas, untan sus heces en el ridículo trapo que lleva para taparse las partes púdicas y se lo meten en la boca. A continuación, sacan una por una las flechas del carcaj y se las van clavando en zonas de su cuerpo no vitales: las dos primeras le clavan los pies al suelo, otra atraviesa el brazo derecho, otra el izquierdo; una flecha cruza de lado a lado los músculos de la pierna derecha, otra los de la izquierda; una más le atraviesa las mejillas, dos más pasan por debajo de las clavículas… Ajeno a su edad, llora como un niño: sabe que esta vez será la definitiva. El hombre más flaco le rocía las alas con gasolina, el de las gafas le aplica una cerilla. Ahora sí que grita, y parte de las heces le resbalan por la barbilla. Es el hombre más grande, quizá por pena, quizá por asco, quien se apiada de él y cogiendo el arco con presteza en mitad del furor de la escena, le revienta la cabeza de un certero saetazo. El cuerpo sin vida se cimbrea hacia delante, sin derrumbarse. El crepitar de las alas y el olor nauseabundo que desprenden lo envuelve todo. Cuando dejan de jadear como perros de presa, el pelirrojo intenta justificar la barbarie que acaban de cometer alegando en voz baja que así no lo volverá a hacer. Los otros, sin aguantarle la mirada, le dan la razón.