La epidemia
Feb/101

Mientras fui niño, e incluso joven, no sospeché nada. Tal vez no me hablaron de ello para no asustarme. Pero más tarde lo descubrí y ahora ya sé con toda seguridad que en el mundo se propaga una extraña peste.
El cólera, el tifus y otras plagas tienen sus nombres y sus síntomas. No se las mantiene en secreto. Cuando se produce una de estas epidemias, todo el mundo habla de ello y se organiza un gran alboroto. Sin embargo -y es justamente esto lo más curioso-, los enfermos que contraen esos males se curan, no muchos, pero algunos sí, lo cual quiere decir que esas enfermedades no son mortales de necesidad. En cambio, la que he descubierto yo mata sin remedio. Desde tiempos inmemoriales nadie, absolutamente nadie, la ha sobrevivido. Y sin embargo no se habla de ella, y cuando se habla, no se la llama por su nombre. ¿Acaso será porque nadie sabe cómo se llama?, ¿Y porque ni tan sólo se conocen sus síntomas?
El cólera o el tifus aparecen de cuando en cuando y entonces todo el mundo tiene muchos conocidos que los contraen, pero después, durante decenas de años, no encuentras a nadie que enferme de tifus o de cólera. Ni aun buscándolo con candil. En cambio la extraña peste de que estoy hablando hace estragos siempre y sin parar. A medida que pasa el tiempo cada vez hay más conocidos tuyos que al parecer la padecieron y que a consecuencia de ella han acabado bajo tierra.
De modo que comienzo a sospechar que tiene algo que ver con el tiempo, lo que se puede apreciar muy bien en el caso de mi abuelo. Cuando era joven vivía. Y también durante su mediana edad. Pero pasaron unos años más y ¿qué queréis?. Ya no está. Simplemente está muerto. ¿Por qué vivió mientras era joven y más tarde ya no?, ¿Por qué no al revés?. Tiene que haber en ello una razón profunda.
Si lo miramos con una perspectiva más amplia, la relación entre el tiempo y la peste se dibuja aún más nítidamente. Por ejemplo, ni un hombre, repito, ni uno solo de los nacidos antes de la primera mitad del siglo pasado sigue aún vivo. Es una regla absoluta. Fuera de cierto límite, la cantidad de años ya no tiene importancia. Respecto a los que murieron hace quinientos años estamos igualmente seguros de que ya no viven, como respecto a los que murieron hace quinientos setenta y tres o hace mil años. Sólo hasta cien años podemos todavía diferenciar algo. Sí, indudablemente, el tiempo tiene algo que ver con ello.
Así que se debería dar la alarma, tal vez salir a la calle y echarse a gritar. En muchas ocasiones he sentido la tentación de hacerlo, además es obligación de todo individuo dar la alarma sí descubre un peligro público. Avisar, gritar en voz alta, indicarlo. La sociedad debería consolidarse y enfrentarse unida a la amenaza. No sé cómo… Para eso tenemos gobiernos, partidos políticos y, en fin, toda la organización social. Pero cada vez que salgo a la calle, no me sale la voz de la garganta. Tengo la sensación de que existe una conspiración de silencio. Y que cuando comience, me tomarán por loco, aunque saben perfectamente que lo que yo grite será la pura verdad. Y sólo fingen que no saben nada y no dejarán a nadie hablar de ello en voz alta. ¿Será un complot o qué?, ¿Una confabulación?. Pero una confabulación, ¿con quién?, ¿con la peste?. Esto no me cabe en la cabeza.
De modo que no tengo más remedio que pensar yo mismo sobre las medidas preventivas. Porque poco a poco comienza a brotar en mí la sospecha de que todo eso no se refiere sólo a conocidos o desconocidos míos, a gente que había existido y que ya no existe, a quienes están ahora y que más tarde no estarán. Porque, ¿qué pasa sí yo mismo estoy amenazado?. Antes me parecía imposible, simplemente no pensaba en ello. Pero ahora…
Porque estoy vivo, y en eso precisamente debe de consistir esta enfermedad. Sí,
seguramente en eso. ¿Acaso yo también habré de morir a causa de ello?
(La epidema - Sławomir Mrożek)
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6:19 pm on February 10th, 2010
Da que pensar este relato. El tiempo se acaba y nosotros seguimos esperando a que otros resuelvan por nosotros.
Me encanta tu blog.
Besos